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¿Dónde está Dios?

  Fabiana, niña rescatada en el terremoto, Venezuela , 2026 ¿Dónde está Dios? Recorro la pantalla con dedos que tiemblan y las lágrimas me velan la mirada. ¡Cómo dueles, Venezuela, cómo dueles y no callas! Veintisiete años de oprobio no bastaron, y justo ahora, cuando la luz de la libertad parpadea indecisa entre las sombras como una vela en el viento, llega esto … catástrofe sobre catástrofe, ruina sobre la ruina que ya éramos. Suceden milagros y tragedias al mismo tiempo. Una nube inmensa de polvo se tiende como un sudario sobre los edificios que fueron y sobre los cuerpos que la tierra no pidió. Y yo le pregunto a Dios, con la voz rota: ¿Dónde estás? Entonces los videos me responden. Él me responde en una manera en que puedo entenderlo. Dios está en las manos callosas de los vecinos anónimos que remueven piedras a pulso, una por una, en cada martillazo que busca romper al cemento, buscando el latido que aún puede haber debajo. Está en la luz vacilante de los celulares que los ...

Una Mañana...

Siempre me despierta el sol, que a raudales, quema con insistencia mis párpados al entrar por la ventana. Estoy en una ciudad gris, ominosa, con leves resabios de virreyes y marqueses que aún se notan en las expresiones de la gente a pesar de doscientos años de historia republicana. Mi despertar es lento, pesado, y confieso que no soy persona decente hasta mi primera taza de café, su efluvio marca mi comienzo, mientras el sol inclemente, que acá llaman Inti, traza sus líneas de luz en mi humanidad. En éstos días, ya 8 meses de encierro, los días se hacen solución de continuidad del tedio, mientras la asfixia del teletrabajo condena a mis miembros a la esclavitud de una silla giratoria y ojo avizor ante el teclado. Escucho a mi hijo despertar, mientras humea la taza en mi mano y me despego con alegría de la pantalla que titila para recibirlo en el día que comienza. Es pequeño, apenas tiene ocho años y muy vivaz, diríase que nació con la computadora y el smartphone al lado de la cuna, porque demuestra habilidades innatas en su manejo, en contraste de mí, que pasé desde el analógico teléfono de baquelita de los 70 hasta la panta táctil con las penurias del caso, el aprendizaje obligado y la frustración de saber que aún falta aprender en éste mundo global. Así, pasa la mañana, entre vaivenes de trabajo, breves respiraciones del ser bullente y necesarios frenazos para retomar las tareas pendientes, mientras correos inundan la bandeja de entrada y video conferencias se suceden al ritmo de noticias que estallan en las redes sociales y la televisión. Días convulsos, de enfermedad, de muerte, y en la ciudad en que vivo, de convulsión política. No hay mucho que contar, la verdad. La vida es anodina, aburrida para seres como yo que no son dados a la aventura ni a las destemplanzas propias de espíritus más combativos. Sin embargo, he vivido esas aventuras y a la edad que poseo, se reflejan como destellos en el metal de un escudo de bronce, y parecieran lejanos, pero no lo son. Emigré de mi ciudad natal huyendo de la miseria de gente que gobierna de manera impía. traje a mi esperanza hasta este arenoso suelo, buscando ver crecer al ramillete de luz que me acompaña. y este día no se diferencia de muchos días así, desde la pandemia. Llega la noche. y al reposo de su silencio, abro este segmento y me aplico a lo que dice. El deseo de aprender puede más que el cansancio. Vivo, escribo y me describo desde Lima... la gris.

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