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| foto: Gabriel Ganiarov |
El vuelo de lo vivido
La vida —esa materia cambiante, indómita— es un perpetuo aprendizaje. No avanza en línea recta, sino en espirales. A veces asciende, luminosa, hacia la cima de lo posible; otras, se precipita sin aviso hacia el abismo de lo incierto. En ese vaivén, el alma se templa. En cada caída se fragua la fuerza para levantarse, y en cada gloria se disimula la fragilidad que nos sostiene. La vida es equilibrio inestable: un diálogo entre la quietud y el riesgo, entre el deseo de permanecer y la necesidad de transformarse.
Hay en cada instante una lección invisible. No siempre llega envuelta en ternura; a menudo, se disfraza de pérdida o de error. Sin embargo, lo que duele también enseña. El dolor pule la superficie del ser, deja marcas que el tiempo no borra, pero que, paradójicamente, nos vuelven más humanos. La resiliencia no nace del consuelo, sino del impacto. Somos la huella de lo que resistimos, la suma de los fragmentos que decidimos recomponer con amor propio y esperanza.
Amar también es aprender. Se ama con la misma torpeza con que se empieza a vivir: sin instrucciones, a tientas, con fe ciega. El amor es la escuela más profunda, aquella donde cada abrazo es un riesgo y cada despedida, un examen. Pero aun en su pérdida, deja luz. De esa luz nacen mis palabras, como si fueran chispas desprendidas del corazón que arde y se rehace.
Mis poemas son hijos de ese fuego. Nacieron en la intimidad del asombro y del dolor, en el temblor que deja el paso del amor y la ausencia. Pero no pertenecen sólo a mí. Al ser escritos, dejaron de ser refugio para convertirse en alas. Alados, se alejan, y en su vuelo reconocen otros cielos, otros oídos, otros pechos abiertos a la emoción. La música los toma y los convierte en eco, los viste de ritmo, los hace respirar más allá del papel.
Y entonces ocurre algo misterioso: lo que fue personal se vuelve común. Mis versos, al rozar otros corazones, despiertan recuerdos que no son míos, lágrimas que no vi caer, esperanzas que desconocía. En ese encuentro silencioso entre mi voz y la de los otros se cumple el sentido de la creación: transformar la experiencia individual en puente.
La vida, la poesía y la música son, al fin, una misma corriente. Fluyen, se mezclan, se repiten en ciclos de pérdida y renacimiento. Cada nota, cada palabra, cada respiración lleva el pulso de lo que fuimos y de lo que aún buscamos ser. Y si algo he aprendido es que no hay final definitivo: sólo transformaciones.
Por eso sigo escribiendo. Porque en cada verso intento comprender la materia viva del tiempo. Porque en cada poema reconozco mi propia caída y mi propia ascensión. Y porque sé que, al liberarlos, mis poemas encontrarán otros rostros que los hagan suyos. Quizás allí, en esa comunión secreta, la vida —gloria y herida, estabilidad y riesgo— se justifique. Quizás vivir no sea más que eso: aprender a volar entre la pérdida y la belleza.
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