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The Will in the Face of Power

  Image/Gabriel Ganiarov Cover of the First Volume The Will in the Face of Power There is a question that runs through my tetralogy from its first pages to its final act: what remains of me when someone, from a position of power, decides what I must do and what I must not? It is born in 1941, with Sergeant Doroshenko’s decision, but it does not belong solely to his time. From then on, a long struggle is waged between power and humanity, one that crosses generations, borders, regimes, and bodies. Institutions change, as do the techniques of surveillance, the pretexts, and the mechanisms of control. What remains constant is the individual’s will facing a structure that seeks to dispose of their destiny. My characters live inside that predicament. They are not confronted only by external events, but by a more intimate violence: the possibility that another may determine who they must be, what they may feel, whom they may l...

La Voluntad frente al Poder



Imagen/ Gabriel Ganiarov
















Portada del primer tomo




La voluntad frente al poder 

Hay una pregunta que atraviesa mi tetralogía desde sus primeras páginas hasta su último acto: ¿qué queda de mí cuando alguien, desde su poder, decide qué debo hacer y qué no? Nace en 1941, con la decisión del sargento Doroshenko, pero no pertenece solamente a su tiempo. 

Desde entonces se libra una larga disputa entre el poder y la humanidad, que atraviesa generaciones, fronteras, regímenes y cuerpos. Cambian las instituciones, las técnicas de vigilancia, los pretextos y los mecanismos de control. Lo que permanece es la voluntad del individuo frente a una estructura que pretende disponer de su destino. Mis personajes viven dentro de ese predicamento. No los enfrentan únicamente los acontecimientos externos, sino una violencia más íntima: la posibilidad de que otro determine quiénes deben ser, qué pueden sentir, a quién pueden amar, qué decisiones tienen derecho a tomar y hasta dónde pueden disponer de sus propias vidas. 

Por eso el poder, en esta historia, no es solo un elemento político o institucional. Es una fuerza que penetra en la intimidad: se introduce en las relaciones, en el deseo, en la memoria y en la identidad. Puede convertir el amor en una amenaza, la pertenencia en una prisión, la lealtad en una obligación y el cuidado en una forma de vigilancia. 

La batalla ocurre, entonces, dentro del ser humano. Ese es el territorio en disputa. 

 ¿Hasta dónde puede llegar el poder antes de que una persona deje de reconocerse a sí misma? 

Esa pregunta acompaña a mis personajes a través de décadas. Algunos obedecen. Otros resisten. Algunos intentan escapar. Otros descubren demasiado tarde que incluso aquello que creían haber elegido ya había sido decidido por alguien más. Esa es la forma más acabada del dominio, la que fabrica la elección misma, y la tetralogía no esquiva la sospecha que de ahí se desprende: la somete a prueba en el terreno del amor, donde menos quisiéramos que fuera cierta. Pero la resistencia no siempre adopta la forma de una rebelión visible.

A veces consiste en amar a alguien cuando amar está prohibido. A veces, en negarse a convertir al otro en una cosa. A veces, en conservar un recuerdo que nadie ha autorizado. A veces, en preservar, aunque sea durante unos segundos, la capacidad de decir: ¡esto lo decido yo!. 

De ahí que el conflicto entre poder y humanidad no se resuelva con la caída de una estructura. El poder desaparece y reaparece bajo otra forma: cambia de uniforme, de idioma, de bandera y de nombre. Lo verdaderamente difícil es recuperar aquello que intenta destruir, la conciencia de que una vida pertenece, en última instancia, a quien la vive. 

La tetralogía avanza hacia ese punto. 

Décadas después de la decisión de Doroshenko, Svetlana llega a una situación límite y también ella debe decidir qué hacer con su propia vida. Pero su decisión pesa de otro modo, porque ya no se trata solo de salvarse a sí misma. Y en ese gesto ocurre algo esencial: el poder deja de tener la última palabra. Svetlana no vence por haber adquirido un poder mayor que el de quien la oprime, sino porque conserva hasta el final la capacidad de decidir. Y al salvar a otra persona hace algo todavía más hondo: le devuelve lo que el poder le había arrebatado, la posibilidad de elegir su propio destino. 

Ahí se cierra el círculo. Doroshenko y Svetlana están separados por décadas y por generaciones, pero los une la misma pregunta: qué significa ser libre cuando otros tienen el poder de decidir por nosotros. 

La respuesta está en la voluntad, en la capacidad de conservar una parte de nosotros mismos cuando todo alrededor intenta apropiársela. Quizá por eso el amor ocupa un lugar tan central. Amar, en determinadas circunstancias, puede ser un acto de resistencia. No porque el amor pueda derribar por sí solo las estructuras del poder (eso sería utópico), sino porque devuelve humanidad allí donde el poder pretende imponer obediencia. 

La sangre aprende entonces algo que esas estructuras nunca terminan de comprender: que un ser humano puede ser sometido, perseguido, vigilado, desplazado e incluso condenado, pero mientras conserve la capacidad de elegir a quién amar y por quién sacrificarse, todavía existe algo que no le pertenece al poder. Eso es, en el fondo, lo que recorre esta historia desde 1941 hasta Svetlana y Valentina. 

No es solamente una historia de familias, persecuciones, secretos y supervivencia. Es una larga confrontación entre dos fuerzas: el poder que quiere decidir por nosotros y la voluntad que se niega a entregarse por completo.


Gabriel Ganiarov

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