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| Fotografía:Revista Carátulas |
“Yo el Supremo” reflexiona históricamente sobre la dictadura del Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia (El Supremo), quien gobernó Paraguay desde 1816 hasta 1840. Escrita por Augusto Roa Bastos mientras estaba en el exilio, constituye una de las críticas más sólidas jamás producidas sobre el autoritarismo.
Uno de los aspectos innovadores de la novela es su profunda reflexión sobre la escritura. En este sentido, rechaza la escritura considerándola un sistema ineficiente, pero al mismo tiempo asume esa limitación y produce una crítica del sistema literario de su época.
Antes que nada, sin embargo, conviene destacar algunos elementos estructurales: la novela está compuesta por varias formas retóricas. Solo mencionaré algunas. Primero están los panfletos, parodias del estilo burocrático estatal; segundo, las notas de Policarpo Patiño, escriba del Supremo; tercero, El Cuaderno Privado, donde el Supremo anotaba información destinada solo para sí mismo; cuarto, La Circular Perpetua, un documento legal que contenía órdenes del Supremo dirigidas a los funcionarios del Estado; y finalmente, las notas al pie del Compilador. Del mismo modo, la obra se basa en un sistema de citas directas e indirectas y en una compleja intertextualidad.
Así, la estructura y la escritura de la novela revelan una conciencia narrativa sofisticada. Sin embargo, el problema de la escritura no se limita a cuestiones de dispositio, elocutio e imitatio, sino que también se extiende al ámbito conceptual. En este contexto, el Supremo desarrolla una teoría de la escritura, que forma parte de su proyecto político y sostiene su poder absoluto.
El discurso que el Supremo mantiene contra la escritura, relegándola a un nivel secundario dentro de la cultura, cumple un doble propósito: por un lado, el rechazo a la escritura se convierte en fundamento de su poder absoluto, ya que refuerza la idea de que el Supremo es el único sujeto capaz de hablar y ejercer tanto el habla como la escritura; por otro lado, este discurso se percibe necesario desde la perspectiva de resistir al criollismo para afirmar la soberanía paraguaya y recuperar las culturas guaraníes.
Su rechazo a la escritura es tan intenso que lleva al Supremo a producir discursos incluso contrarios al lenguaje humano mismo. De ahí su preferencia por la comunicación animal. Sin embargo, la novela tiene un final contradictorio. Allí, la escritura aparece como una fatalidad que culmina con la desintegración del sujeto Supremo y del propio texto, el cual literalmente termina devorado por insectos.
De esta manera, la escritura desaparece incluso a nivel material. A otro nivel, este final revela la imposibilidad del discurso del Supremo contra la escritura: por un lado, su propia escritura ha sido producto de una copia tan fiel que pone en duda la autoridad del Supremo; por otro, la idea de que para escribir la historia de alguien hay que necesariamente convertirse en esa persona, se aplica también al Supremo: Sultán, su perro, termina convirtiéndose en un doble del Supremo, cuestionando así su unicidad. En ese momento, además, la autoridad del Supremo desaparece y él mismo se transforma literalmente en una larva condenada a devorar sus propios escritos.
El rechazo a la escritura se manifiesta concretamente en una crítica feroz hacia Policarpo Patiño, el escriba del Supremo. Esta crítica se extiende a todos los escritores en general, específicamente a los historiadores y viajeros de la época. Son desacreditados por su ignorancia y su hipocresía, por un lado, y por plagiarios, por el otro. El Supremo los llama “ignorantes, escribas, mentirosos, fariseos e idiotas—escritores que convierten palabras de autoridad en mentiras” (Roa Bastos).
En este sentido, el Supremo expresa su deseo de que las leyes prohíban por completo la escritura y establece la censura como base de su tiranía: “Debería haber leyes en todos los países… contra plumíferos de toda laya. Corruptores de la corrupción. Holgazanes. Extraviados. Sinvergüenzas, rufianes de la palabra escrita. Así erradicaríamos el peor veneno que sufren las naciones” (Roa Bastos).
La dictación se define como un acto de poder cuyo propósito es ser "escuchado", "atendido" y "obedecido". Esta definición es tan amplia que, incluso cuando el Supremo no habla, sigue ejerciendo el mando: “Su silencio es un mandato”, se afirma. Según Patiño, todo esto implica que “en el Supremo hay al menos dos. El Yo puede dividirse en un tercero activo que juzga correctamente nuestra responsabilidad respecto al acto que debemos decidir” (Roa Bastos).
En otras palabras, el Supremo se divide a sí mismo para ejercer poder en forma de justicia y como referencia moral. Además, esta escena representa la relación de dominación entre el Supremo y Patiño, su servidor: allí, el dictador se presenta como un ventrílocuo, alguien que modifica su voz para que parezca provenir de otro lugar, y como un imitador. Por eso dice de sí mismo que “era un buen ventrílocuo” (Roa Bastos).
No solo el Supremo es el único capaz de percibir las cosas en su profundidad histórica; también es el único capaz de escribirlas. Así, cuando enseña a Patiño cómo escribir, también expresa su concepción de la escritura. Básicamente, es un acto mediante el cual “uno mismo” se transfiere a la materialidad del escrito.
Pero escribir también es un acto de poder en el cual el Supremo se presenta como la mano que guía las manos de los escritores. Con su retórica paródica, el dictador describe la escritura como un acto sexual en el que la tinta y el papel se fusionan para formar una “bestia de dos espaldas”:
“…guiaré tu mano como si yo mismo estuviera escribiendo… ¿Sientes el peso? ¡Sí, Excelencia! Presiona más. Aprieto tu mano… La presión une nuestras manos… Descarga todo el peso de tu ser en la punta de la pluma… Escribir es arrancar la palabra de uno mismo. Cargar esa palabra, a medida que se separa de ti, con todo lo que eres hasta convertirse en algo ajeno… Escribir no significa convertir la realidad en palabras, sino hacer real la palabra. Lo irreal existe solo en el mal uso de la palabra, en el mal uso de la escritura… Penetra profundamente… Un proceso apasionado. Lleva a una fusión completa entre tinta y papel… Macho/hembra. Juntos forman la bestia de dos espaldas…” (Roa Bastos)
Esto es representación. Esto es literatura. Representación de la escritura como representación y una fuerte alegoría del Poder ejercido a través de la posesión del conocimiento.
La escritura se convierte en el ominoso fin del Supremo, quien termina siendo una parodia de sí mismo, objeto de la crueldad de su propio poder, ahorcado con la cuerda que él mismo hiló: “Entronado en la maquinaria del Poder Absoluto, la Persona Suprema construye su propia horca. Es ahorcado con la cuerda tejida por sus propias manos. Deus ex machina. Farce. Parodia. Pipirijaina del Supremo-Buffón.” (Roa Bastos).
Sin embargo, este final también implica una especie de justicia poética ejecutada sobre el Supremo. Sultán predice que el Supremo descenderá a las mazmorras donde tantos prisioneros han languidecido. Allí, privado de toda autoridad, penetrará en la oscuridad, el vacío y la pestilencia: precisamente, los fluidos corporales de sus enemigos terminarán cubriendo su cuerpo, aplastándolo: “El sudor de estos miserables, sus heces, su orina, goteando de hamaca en hamaca, babearán sobre ti, lloverán gotas, gotas de lodo sepulcral. Te aplastarán hacia abajo, cada vez más” (Roa Bastos).
Después, los insectos devorarán su cuerpo afásico, y él mismo se convertirá en una especie de roedor que termina comiéndose “el huevo del Supremo” y el propio texto mismo (Roa Bastos).
A lo largo de la obra aparecen constantemente referencias a temas esotéricos y sobrenaturales, incluyendo menciones al Bezoar, una piedra creída dotada de propiedades curativas y metafísicas. No podemos ignorar el componente psicológico detrás de estos elementos, que evidencia signos de trastorno bipolar en las frecuentes divagaciones del Supremo, tomando la forma de un discurso parapsicológico que le permite evadir la realidad y su soledad autoimpuesta.
En la novela, el huevo hace referencia al origen de la escritura. Para el Supremo, el punto central es precisamente el origen de la escritura. Él lo llama la “Semilla de nuevos huevos”. A partir de esta unidad geométrica surgen formas angulares y circulares. Geométrica y retóricamente, lo que se define aquí es la “circular perpetua” como metáfora de la escritura: “La naturaleza enrollada en una espiral perpetua. Ruedas que nunca se detienen. Ejes que nunca se rompen. Así también la escritura. Negación simétrica de la naturaleza” (Roa Bastos).
Políticamente también, el huevo es el producto de los primeros revolucionarios y se denomina “el huevo revolucionario”, pero también representa una teoría del alma sostenida por ciertos nativos paraguayos. De esta forma, podemos establecer un vínculo entre la conectividad textual —el poder ejercido como escritor y letrado en una nación de analfabetos— y la teoría de Foucault sobre el ejercicio del poder y su relación con la verdad.
“Lo importante, creo, es que la verdad no está fuera del poder ni sin poder (no es a pesar de un mito del cual debamos elegir historia y función, la recompensa de los espíritus libres, el hijo de sociedades largas, el privilegio de quienes han logrado liberarse). La verdad pertenece a este mundo; se produce mediante múltiples coerciones. Y opera a través de efectos regulados del poder. Cada sociedad tiene su régimen de verdad, su 'política general' de la verdad; es decir, los tipos de discursos que acepta y que funcionan como verdaderos o falsos, las formas en que son sancionados; las técnicas y procedimientos valorados para obtener la verdad; el estatus de aquellos encargados de declarar lo que funciona como verdadero...” (Foucault)
“La verdad está directamente ligada al poder, como lo demuestra la historia (ya que la experiencia nos muestra que quienes poseen el poder son quienes controlan la verdad...). Y por eso siempre asociamos la verdad con el poder, viendo al poder como un elemento represivo en nuestras vidas. Cada sociedad tiene su 'verdad', que modifica según su conveniencia o necesidades” (Foucault)
Así describe Foucault en su “Diálogo sobre el Poder” la idea básica de su estructuración del tema, la descripción entre poder y verdad. De este modo, el Supremo posee la verdad en sí mismo y la utiliza como una maza de poder sobre sus pares y súbditos, ya que es quien interpreta los signos, tanto escritos como orales.
Nacida durante el Boom latinoamericano de mediados de los años sesenta (publicada en 1974), esta obra se ha convertido en una auténtica obra maestra que analiza las relaciones de poder, mostrando con claridad al dictador omnímodo y reflejando la realidad histórica, política y sociológica de una de las naciones latinoamericanas que más ha sufrido bajo gobernantes arraigados en el poder, como Solano López o Stroessner. El país atravesó guerras sangrientas que le costaron más de la mitad de su población y grandes porciones de su territorio, especialmente durante la Guerra del Chaco (1932–1935).
Sin embargo, en este estudio pretendemos examinar al dictador, sus motivaciones internas, su exhibición dorada de mando y voluntad, desde una perspectiva psicológica pragmática, con el objetivo de adentrarnos en la verdadera profundidad de la obra.
Lo notable de Yo el Supremo es la magistral penetración en la psique del personaje, expresada hábilmente en sus largos soliloquios y en las anotaciones de su cuaderno. El Supremo actúa como narrador omnisciente y describe lo que Adler postula como una teoría sobre la existencia de una fuerza dinámica integral, conocida como el “impulso agresivo”, que ya se manifiesta en el primer llanto del recién nacido y en los comportamientos motores del niño (golpear, forcejear, morder...). Todos ellos revelan el impulso agresivo.
Más tarde, con el tiempo, este impulso puede canalizarse en actividades específicas como deportes, competencias, guerra, sed de dominio, luchas sociales, conflictos religiosos, etc. Si el impulso se dirige hacia adentro, otorga al individuo rasgos de humildad, sumisión, subordinación, masoquismo—rasgos acompañados por cualidades como educabilidad, confianza en la autoridad, susceptibilidad a la hipnosis y sugestión, y, en último término, suicidio.
Freud inicialmente rechazó esta idea de Adler. Más tarde aceptó la existencia de este instinto, al que llamó instinto de muerte o destructivo. Esto queda claro desde el comienzo de la obra, cuando el dictador exige que, tras su muerte, todos sus seguidores también deben morir.
Históricamente, se ha demostrado que el Dr. Gaspar Rodríguez de Francia fue una de las figuras más ilustradas de su época. Sin embargo, este despotismo ilustrado degeneró en una sed insaciable de poder y una prolongada permanencia en el cargo. Según Adler, las motivaciones detrás de su hegemonía podrían residir en un sentimiento de inferioridad derivado de un desarrollo alterado durante su infancia, una motivación similar a la observada en niños con deficiencias físicas o alteraciones funcionales.
Este sentimiento también afectaba a los niños excesivamente mimados. Según Adler, viviendo en una especie de simbiosis con la madre, constantemente adheridos a ella, estos niños se fijaban metas de superación con el objetivo de transformar su situación actual en una permanente. Cualquier cambio les aterrorizaba. Cualquiera que no fuera la madre era considerado un enemigo.
Al hacerse adultos, estos niños no estaban preparados para enfrentar problemas relacionados con el matrimonio, el trabajo, la familia, etc. Esta situación también fue observada, según Adler, en niños no deseados o ilegítimos. Estos reaccionaban hostilmente y usaban la fuerza cuando se sentían superiores a su oponente, a veces abusando de seres más débiles o de animales. Muchos terminaban convirtiéndose en criminales o neuróticos.
La terapia debería consistir en estimular y fortalecer el “buen querer” o “sentimiento comunitario” frente a la “voluntad de poder”—Gemeinschaftsgefühl frente a Geltungstrieb. (En su libro Der Sinn des Lebens [1932], donde señala que el hombre encuentra salud y equilibrio únicamente a través del amor al prójimo, responde al texto de Freud Das Unbehagen in der Kultur , donde considera imposible y absurdo el mandamiento evangélico de amar al prójimo.)
Adler, entonces, tomaba en cuenta el grado en que una persona se preocupaba por su trabajo, amaba a sus vecinos y cumplía plenamente sus obligaciones sociales. Roa Bastos claramente expone en su obra esta relación de poder, esta lucha interminable donde el ejercicio de la voluntad sobre otros determina satisfacciones arraigadas en la impulsividad consciente.
La “Buena Voluntad” a la que Adler se refiere—asociada al sentido paternalista del líder hacia sus súbditos—está completamente ausente en el protagonista de la obra, quien muestra rasgos narcisistas marcados y un egocentrismo sin límites. La voluntad de poder se expresa en un aforismo puesto por el autor en boca de Rodríguez de Francia: “Yo sabía que hacer poder es ser poderoso”.
Durante mi lectura de la obra, encontré conexiones entre este ansia de poder y el discurso psicológico de Adler, así como con el tema de la verdad según Foucault. El Supremo dirige el destino de su nación de analfabetos con innumerables decretos, recomendaciones y directivas que nadie es capaz de leer.
El Supremo es irreemplazable: “No me elegí a mí mismo. Fui elegido por la mayoría de nuestros conciudadanos. Ni yo mismo podría haberme elegido. ¿Podría alguien reemplazarme en la muerte? Del mismo modo que nadie podría hacerlo en vida. Aunque tuviera un hijo, no podría reemplazarme ni heredarme. Mi dinastía comienza y termina en mí, en YO-ÉL. La soberanía y el poder con que estamos investidos regresarán al pueblo al que pertenecen eternamente” (Roa Bastos). En este pasaje, se manifiesta claramente el terrible complejo de superioridad y el narcisismo exacerbado que exhibe el personaje.
Una de las figuras más fascinantes de la novela es el escriba, quien da forma a los pensamientos del Supremo, ordenándolos, corrigiéndolos, reinterpretándolos. Este escriba no es solo un secretario o historiador; es un alter ego, un doble que permite al dictador contemplar su imagen desde fuera, como en un espejo distorsionado. Psicoanalíticamente, el escriba representa aquella parte del yo que busca integrar los contenidos del inconsciente, intentando dar sentido al sinsentido del poder.
La escritura en Yo el Supremo adquiere una función terapéutica y al mismo tiempo mágica. El Supremo escribe para recordar, justificar, castigarse y perpetuarse. Pero también escribe para exorcizar sus demonios internos, dominar el caos de sus pensamientos. En este sentido, la novela se convierte en un diario íntimo de la locura del poder, donde cada página es un grito lanzado al vacío de la historia.
Roa Bastos usa la metáfora del libro como cuerpo político y como cuerpo psíquico. Así, el texto aparece como un organismo vivo compuesto por fragmentos, cartas, documentos oficiales y memorias falsificadas. Al igual que el espíritu del Supremo, el texto está dividido, esquizofrénico, buscando una identidad que nunca logra consolidarse.
Esta búsqueda de identidad coincide con la teoría de una infancia infeliz que explicaría la insaciable ambición de poder del Supremo. Lo que me llama la atención en la personalidad del Supremo descrita por Roa Bastos son ciertos sentimientos intensos de frustración y conflictos emocionales no resueltos, posiblemente originados en una infancia infeliz del personaje (Dr. Francia), quien carecía de una identidad personal o familiar clara. En el libro de Roa Bastos se percibe un conflicto básico clave, una oposición binaria entre valores: amor y perdón vs. odio y amargura. Este es el punto de conexión entre la neurosis del personaje y la teoría de Adler.
En Yo el Supremo , el Dictador Supremo aparece desde la primera página con un fuerte complejo persecutorio. Pasa toda su vida dudando incluso de su propia sombra. Muchas personas que podrían haber ayudado a construir la nación fueron exterminadas por caprichos de este personaje.
Siempre aparece solo, muy solo, incluso taciturno. Sin amigos. Su amor va dirigido a la Nación, nunca a individuos concretos. La excepción es su fiel perro. A veces entra en estados de mal humor que lo vuelven loco. Cualquier interferencia con sus planes lo enfurece. No perdonó ni siquiera a su padrino Isasi ni a su leal sirviente, el negro Pilar, ambos ejecutados.
El Dr. Francia es retratado como un personaje enigmático, solitario y ciertamente autoritario, a veces muy serio, otras tremendamente humorístico y sarcástico. Sus cualidades positivas incluyen el patriotismo, la defensa de la soberanía nacional, la austeridad en los asuntos estatales y un profundo cariño por campesinos e indígenas, trabajadores y defensores de la identidad nacional, encarnando una figura arquetípica del poder totalitario. Pero en lugar de presentarlo como un tirano caricaturesco, Roa Bastos lo desnuda con una mirada poética y cruel, mostrando al hombre frágil detrás de la máscara de hierro del poder. Esta dualidad entre omnipotencia e impotencia constituye uno de los ejes centrales del análisis psicológico del personaje.
Freud argumentaba que el poder puede verse como una sublimación de las pulsiones agresivas y narcisistas del ello. En el caso del Supremo, estas pulsiones están exacerbadas por la soledad, el miedo a la traición y el temor a la muerte. Su paranoia no es solo política, sino profundamente psicológica. Se siente rodeado de enemigos reales e imaginarios, y esta constante vigilancia lo convierte en prisionero de su propio sistema de control.
La voz del Supremo, cuando aparece directamente en primera persona, está cargada de contradicciones. Oscila entre la arrogancia absoluta y la angustia existencial, entre el deseo de ser amado y el placer perverso de ser temido. Dice: “Yo soy el Estado”, pero también confiesa: “Soy un cadáver que camina”. Estas frases son como grietas en el edificio del poder, fisuras por donde se filtra la verdad: detrás del amo hay un siervo asustado.
También se lo presenta como un gran promotor de la música nacional. Tuvo ideas brillantes, como un sistema educativo avanzado para su época. Un detalle interesante es su interés en crear el Catecismo Patrio Reformado, adaptado al idioma nacional y a las características de su pueblo. Se lo ve como un personaje intelectual, estudioso y hasta estadista.
Mostró el deseo de preservar y desarrollar las extraordinarias riquezas de Paraguay a través de sus planes y proyectos. Esta bipolaridad en sus objetivos —este dualismo entre un poder vergonzante, absoluto y omnímodo y un poder que ennoblece, construye y expresa amor por el pueblo y el bienestar— será constante a lo largo de la obra.
Quizás todo esto se refleje en su oralidad, en su rechazo al lenguaje escrito en favor del hablado, como medio de calmar sus pulsiones más profundas… o tal vez las ideas lingüísticas del Supremo constituyan la base de un discurso autoritario cuyo objetivo es la apropiación del habla y la escritura de todos sus servidores, con el fin de perpetuarse en el poder indefinidamente.
La muerte es un hilo conductor que atraviesa toda la novela. No solo como presencia física —la muerte de los enemigos, la muerte de los ideales, la muerte del cuerpo del dictador—, sino como pulsión profunda que late bajo la superficie del poder. El Supremo parece estar en continua lucha contra la muerte, no solo como fenómeno biológico, sino como límite del control absoluto.
Freud, en Más allá del principio del placer , introduce la idea de la pulsión de muerte (Thanatos ) como fuerza que tiende a la repetición, al retorno al estado inorgánico. En el caso del Supremo, esta pulsión se manifiesta en su deseo de perpetuar su voluntad más allá de la vida, en su necesidad de dejar huella, de ser recordado, aunque sea con odio.
Su discurso final, pronunciado ante la muerte inminente, no es un arrepentimiento, sino una última afirmación de sí mismo. Incluso en agonía, continúa fingiendo ser dueño del destino. Sin embargo, el texto muestra que su muerte no es solo un hecho físico, sino el colapso definitivo del yo ficticio que ha construido durante años. Al morir, el Supremo deja un vacío que ningún sucesor podrá llenar, porque su verdadero sucesor es la palabra misma, el texto que continúa hablando por él.
La expresión material de ese poder son sus políticas de censura y encarcelamiento de enemigos. Sin embargo, su rechazo a la escritura no es total: en el fondo cree que detrás de la oralidad existe un orden escrito. Lo que hace con la oralidad es manipularla y adaptarla a sus intereses políticos. La apropiación va aún más lejos cuando intenta hablar por toda la naturaleza. Sin embargo, esta pretensión recibe un castigo que parece explicarse por las teorías del alma de los “hombres-del-bosque”.
Según esta lógica, cabe preguntarse si el Supremo perdió su alma al usurpar el lugar de la naturaleza en el sistema cosmológico de los antiguos paraguayos, y en consecuencia, perdió toda noción de sí mismo y de su patria en sus últimos momentos.
El Supremo no es un monstruo, sino un ser humano atrapado en una red de pulsiones, miedos y ambiciones que terminan por destruirlo. Pero paradójicamente, estas mismas fuerzas lo elevan a la categoría de símbolo. Un símbolo de la condición humana enfrentada al abismo del poder y de la muerte.
Al final, el lector comprende que el Supremo no muere del todo. Vive en cada régimen autoritario, en cada abuso de poder, en cada silenciamiento de la palabra libre. Yo el Supremo no es solo un libro: es un espejo, es un grito, es un aviso.
Fue un delirio de grandeza en extremis, bellamente plasmado por la refinada pluma de Roa Bastos.
Bibliografía
ADLER Alfred; Práctica y teoría de la psicología del individuo / Introducción, supervisión, notas, apéndice y bibliografía por Jaime Bernstein -- Buenos Aires: Editorial Paidós, 1958. 2ª edición.
ADLER, Alfred; Los sentimientos de inferioridad (traducción de F. Oliver Brachfeld) -- Buenos Aires: Siglo Veinte, 1959
BOULDING, Kenneth E., Las tres caras del poder , Barcelona, España, Paidós Editores, 1993.
FOUCAULT, Michel, Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones , Madrid, España, Alianza Editores, 1988.
FOUCAULT, Michel, Microfísica del poder , Madrid, España, La Piqueta Editores, 1992
ROA BASTOS, Augusto; Yo el Supremo , Colección Homenaje. Editorial El Lector, Asunción, Paraguay, 2003
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