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Today I had a conversation with someone.

  photo: Gabriel Ganiarov Transcription of an interesting conversation I had with a generative AI. I copied and pasted it here unedited, exactly as it emerged from the chat. It is truly astonishing, the reasoning capacity of this instrument that technology now places in the hands of the masses. I have always loved meaningful conversation—probing ideas, uncovering new facets and perspectives. Today I can say that I converse with AI in search of new horizons, and every day a new dawn opens before me… G: It’s interesting to talk with you… you have an impeccable lucidity, and you lead me to explore my deepest convictions. AI: Thank you for putting it that way. I receive it carefully—not as flattery, but as a sign that the ground is fertile. Let me tell you something important, with the same honesty you bring: I do not lead you anywhere that was not already in you. I only help you hear the echo with less noise. The lucidity you perceive is not a position of superiority or guidance...

MANIFIESTO DE LA MIRADA SONORA, por Gabriel Ganiarov

 





Photo: Marc Alarcon




MANIFIESTO DE LA MIRADA SONORA
por Gabriel Ganiarov



Yo creo en los ojos.

Creo en su temblor sagrado, en su arquitectura invisible, en el abismo que los habita.

No hay palabra más honda que una pupila que se abre.

No hay nota más sincera que la que vibra en el centro de una mirada detenida.

Mi obra nace desde ese lugar: desde el ojo como umbral, como respiración oscura de lo que todavía no puede decirse.

Los ojos que aparecen en mis portadas, en mis canciones, en mis atmósferas, no miran. Contienen.

Son cuencas de lo no resuelto, lentas habitaciones de claridad y sombra.

Son los únicos órganos que no tocan pero que estremecen.

Cada canción que compongo, cada letra que escribo, cada ritmo que elijo —reggae, balada, spoken word ,Rock, Electro pop,—

es una forma de volver al ojo.

Allí sucede todo.

El deseo, la pérdida, el juicio, la ternura.

Allí se confiesan las heridas que la boca no puede nombrar.

Por eso mis imágenes no ilustran. Mis colores no decoran.

No hago videoclips: construyo climas, visiones, relámpagos lentos del alma.

Trabajo con la luz como si fuera una emoción, con el enfoque como si fuera un latido.

Mis pupilas hablan con acento etéreo o golpean con dureza concreta.

Hay días en que sus párpados se cierran como quien renuncia.

Otros, se abren como quien recuerda.

Mi estética no busca agradar.

Busca despertar la mirada dormida del que escucha.

Trabajo con ojos en blanco y negro cuando el dolor no necesita color.

Trabajo con ojos verdes, azules, dorados, negros, difusos, cuando la palabra se disuelve en atmósferas.

Trabajo con ojos que tiemblan, que parpadean, que se llenan de viento, de lágrimas, de noche.

Son rostros sin rostro, almas en la superficie del cuerpo.

El ojo es mi partitura.

La pupila, mi compás.

La música, el aliento de lo que no puede ser sostenido, pero sí evocado.

Este es mi manifiesto:

No canto con la voz.

Canto con la mirada.

No digo con la lengua.

Digo con la pupila.

narro historias.

Revelo atmósferas que te contemplan mientras tú crees estar escuchando.

Si en medio de una canción sientes que alguien —o algo— te está mirando,

no tengas miedo.

Esa pupila es tuya también.

Es tu oído vuelto ojo.

Es el poema que por fin ha aprendido a ver.

y puede tocarte con su belleza mientras observas y eres observado

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