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WHEN BLOOD LEARNS TO LOVE, An Essay from the Backroom of Creation

Photo: Ganiarov Publishers LLC WHEN BLOOD LEARNS TO LOVE An Essay from the Backroom of Creation No novel begins on a page. It begins earlier — in the tremor that provokes it. For years, I carried in silence a question that haunted me like a voice that refused to fade: Where does love come from when it is born from pain? That is my obsession — love in all its manifestations. It wasn’t a theoretical question, but a visceral one. I had seen how love, in its purest or most perverse forms, could destroy as much as it could redeem. And I knew then that I could only write about what hurt me to understand. That is how When Blood Learns to Love was born: from unease, from a nameless guilt, from the certainty that even tenderness can become an act of cruelty when it rests upon an unhealed wound. Every act of creation is a postponed confession. One does not write because one knows, but because one bleeds. When I began sketching the story, I wasn’t seeking to build a thriller or a plot driven by ...

El Amor en la poesía: un largo eco del alma

 





Portada de mi libro inédito/Gabriel Ganiarov





El Amor en la poesía: un largo eco del alma

Desde que existe la palabra, el amor ha sido su temblor más antiguo.
A veces pienso que la poesía nació de un gesto amoroso: alguien miró el rostro de otro, no supo cómo decir lo que sentía, y entonces inventó el ritmo, la imagen, el canto. En esa primera respiración del lenguaje, el mundo comenzó a hacerse humano.

Los griegos comprendieron que el amor era una forma de conocimiento. No se trataba solo de sentir, sino de aprender la belleza a través del deseo. Platón lo sabía: el amor era el impulso del alma hacia lo divino. Pero fue Safo, desde la isla de Lesbos, quien encarnó esa verdad con su voz desnuda.
Ella no definía el amor; lo padecía. Su poesía era una confesión pura, una herida cantada al viento del Egeo.

“Me parece igual a los dioses aquel hombre que está frente a ti y te escucha hablar dulcemente.”

Ahí, en ese estremecimiento, comenzó el linaje del amor en la poesía. Safo enseñó que amar es una forma de mirar con el cuerpo entero, una fusión entre el deseo y la palabra. Y desde entonces, todo poeta ha intentado repetir, con otras voces, aquel primer estremecimiento.

Los romanos heredaron de los griegos la conciencia del amor como arte y tragedia. Catulo, Propercio, Ovidio escribieron con la pasión de quien arde sabiendo que arde. En ellos, el amor se volvió juego, exceso, arte de la seducción. Ovidio lo formuló en su Ars Amatoria como una ciencia del cuerpo y la astucia, un catálogo de la conquista y la pérdida.
El poeta ya no imploraba a los dioses: hablaba desde la experiencia humana.
El amor, entonces, bajó de los templos a las calles, y comenzó su viaje terrestre.

En el otro extremo del mundo, los chinos y los árabes también fundaron su propia liturgia del amor. En la poesía tang, el amor era transparencia y vacío, una emoción que se deslizaba entre el perfume del té y la fugacidad de la flor de loto. Li Bai o Du Fu escribieron el amor como melancolía del tiempo: la belleza era siempre lo que se iba.
Mientras tanto, en el desierto árabe, los poetas sufíes transformaban el amor en un sendero místico. Rumi, por ejemplo, decía: “La herida es el lugar por donde entra la luz.”
Para ellos, amar era el modo más alto de conocer a Dios. El deseo no era enemigo de la fe, sino su espejo.
De ese modo, Oriente convirtió la pasión en vía espiritual, y Occidente, en búsqueda del ideal.

En la Edad Media, el amor volvió a cantar, pero esta vez desde la distancia. Los trovadores del sur de Francia inventaron la más dulce de las condenas: amar sin poseer. El amor cortés era un código moral y poético, una forma de adorar lo inaccesible. La dama era el sol y el poeta, su sombra.
Esa imposibilidad convirtió al amor en deseo perpetuo, en llama que no busca consumirse sino mantenerse viva.
Dante, en su Vita nuova, llevó esa llama hasta la teología. Beatriz no era solo una mujer: era el rostro visible de lo divino. El amor se hizo símbolo, escalera hacia la perfección espiritual.

Yo siempre he creído que esa herencia aún nos habita. Cada vez que un poeta escribe sobre el amor perdido, repite —sin saberlo— el gesto medieval de adorar a lo imposible.

Luego vino el Renacimiento, y el amor regresó al cuerpo. Petrarca volvió a mirar a Laura con ojos humanos. Shakespeare hizo del amor una tormenta y una herida. En sus sonetos, el amor se tornó materia de contradicción:

“El amor no es amor si cuando encuentra obstáculos se altera.”

En esa época, el poeta ya no cantaba por encargo ni por virtud: cantaba por necesidad. El amor se volvió espejo de la condición humana: su deseo, su límite, su muerte.
Desde entonces, amar y escribir fueron dos formas del mismo desasosiego.

El Romanticismo trajo una revolución emocional. El amor dejó de ser símbolo y volvió a ser carne viva.
Goethe, con su Werther, encarnó la tragedia de quien ama hasta el suicidio. Byron, Shelley, Keats, Bécquer, todos entendieron que el amor era un vértigo sin salvación. El amado ya no era ideal, sino abismo.
El poeta se convirtió en mártir de su propio sentimiento.

El Romanticismo nos enseñó que el amor no solo exalta: también destruye. Y de esa destrucción nace la belleza.
La pasión se volvió afirmación de la vida y, a la vez, su condena. Cada verso romántico es una confesión de esa paradoja: “Te amo porque me pierdo en ti, y porque al perderme descubro quién soy.”

Después del esplendor romántico llegó el desencanto. Baudelaire, Verlaine, Rimbaud: los poetas malditos volvieron a mirar el amor, pero ya sin inocencia.
En Las flores del mal, Baudelaire escribe: “El amor es un cielo tormentoso lleno de rayos.” El amor dejó de ser pureza para volverse mezcla, corrupción, carne y perfume. Era un estado de caída, pero también de revelación.
En Rimbaud, el amor se disuelve en la visión alucinada, en el deseo de transgredir los límites de la razón.
En Verlaine, el amor es un eco roto, una música que se extingue con la lluvia.

Yo creo que en ellos el amor deja de ser esperanza y se vuelve conciencia: una forma de saberse condenado a sentir.
Desde entonces, el amor poético ya no busca consuelo, sino verdad. Y la verdad —lo sabemos— casi siempre duele.

En el siglo XX, el amor se volvió espejo roto. La guerra, el exilio, la modernidad trajeron consigo una nueva forma de amar: la del desarraigo.
Ya no se ama como totalidad, sino como supervivencia.
La poesía se hace fragmentaria, introspectiva. En Alejandra Pizarnik, el amor es ausencia: “Yo no sé de amor, sólo de sus máscaras.”
En Annie Ossot, el amor es viaje y memoria, cuerpo y eco.
En Eugenio Montejo, el amor vuelve a ser casa: un refugio de claridad en medio del caos moderno.

“Cada cuerpo es una palabra que el amor pronuncia.”

Los poetas contemporáneos ya no hablan desde el altar ni desde el abismo, sino desde la herida.
Saben que el amor no salva, pero da sentido.
Saben que es el único territorio donde el lenguaje aún puede ser humano.

Y sin embargo, pese a su fragmentación, el amor persiste como el centro invisible de la poesía.
En los españoles modernos, de Luis Cernuda a Gamoneda, de Valente a Clara Janés, el amor se asume como exploración del ser, como una forma de pensar con la piel.
Cernuda lo dijo con su voz de desterrado: “¿Adónde iré que no vaya mi deseo?”
El amor se volvió exilio, pero también patria interior.
Quizá por eso, cuando los poetas de hoy escribimos sobre el amor, no lo hacemos para definirlo, sino para habitarlo.

Mi palabra, su herencia

A veces pienso que toda la historia de la poesía es la historia del amor buscando su nombre.
De Safo a Pizarnik, de Dante a Montejo, el poeta ha sido un médium del deseo, un testigo de lo inefable.
El amor ha cambiado de rostro —ha sido divino, humano, imposible, carnal, roto— pero su núcleo sigue siendo el mismo: el temblor ante la belleza y la pérdida.

Yo escribo desde esa memoria.
No me interesa el amor como argumento, sino como revelación.
El amor me enseña lo que la razón no puede: que la vida tiene sentido solo cuando alguien la pronuncia desde el otro lado de su piel.
Y la poesía, en ese sentido, es la forma más pura del amor: amar al mundo con palabras.

Cuando escribo sobre el amor, no lo hago para consolarme, sino para comprender el misterio de seguir sintiendo.
He aprendido que el amor en la poesía no se mide por su objeto, sino por su intensidad: cada verso es un acto de supervivencia.
Amar, entonces, es escribir contra la muerte.


Epílogo: el eco infinito

El amor ha recorrido los siglos transformándose con nosotros.
Fue plegaria en Safo, elegía en Petrarca, fuego en Byron, abismo en Baudelaire, despojo en Pizarnik.
Pero en todos los casos, el amor poético ha tenido una misión: recordarnos que somos vulnerables, que estamos hechos de deseo y de pérdida.
Y en ese reconocimiento —en esa herida compartida— reside la comunión más profunda entre el poeta y su lector.

Yo creo que el amor sigue siendo la gran metáfora del alma humana.
Es el espejo donde se miran todas las épocas, todos los cuerpos, todas las lenguas.
Cuando alguien lee un poema de amor, aunque no conozca al autor ni al destinatario, algo en su interior se reconoce.
Esa es la victoria del lenguaje sobre el tiempo: la posibilidad de volver a amar a través de otro.

Por eso escribo.
Porque en cada poema de amor, en cada palabra entregada, el mundo vuelve a ser posible.
La poesía —esa forma extrema de ternura— es lo único que nos salva del silencio.
Y mientras exista un poeta dispuesto a decir “te amo” de un modo nuevo, el fuego de Safo seguirá ardiendo en nosotros.


Gabriel Ganiarov
(Del libro inédito “Ensayos para un corazón incierto”)


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