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WHEN BLOOD LEARNS TO LOVE, An Essay from the Backroom of Creation

Photo: Ganiarov Publishers LLC WHEN BLOOD LEARNS TO LOVE An Essay from the Backroom of Creation No novel begins on a page. It begins earlier — in the tremor that provokes it. For years, I carried in silence a question that haunted me like a voice that refused to fade: Where does love come from when it is born from pain? That is my obsession — love in all its manifestations. It wasn’t a theoretical question, but a visceral one. I had seen how love, in its purest or most perverse forms, could destroy as much as it could redeem. And I knew then that I could only write about what hurt me to understand. That is how When Blood Learns to Love was born: from unease, from a nameless guilt, from the certainty that even tenderness can become an act of cruelty when it rests upon an unhealed wound. Every act of creation is a postponed confession. One does not write because one knows, but because one bleeds. When I began sketching the story, I wasn’t seeking to build a thriller or a plot driven by ...

CUANDO LA SANGRE APRENDE A AMAR, Ensayo desde la trastienda de la creación

 

Portada: Ganiarov Publishers LLC


CUANDO LA SANGRE APRENDE A AMAR

Ensayo desde la trastienda de la creación


Ninguna novela empieza en una página. Empieza antes: en el temblor que la provoca.
Durante años llevé en silencio una pregunta que me perseguía como una voz que no quería callar:
¿De dónde nace el amor cuando nace del daño?

Esa es mi obsesión. el amor en todas sus manifestaciones.
No era una pregunta teórica, sino visceral. Había visto cómo el amor, en su forma más pura o más perversa, podía destruir tanto como redimir. Y supe entonces que sólo podía escribir sobre aquello que me dolía entender.
Así nació Cuando la sangre aprende a amar: de una incomodidad, de una culpa que no tenía nombre, de la certeza de que incluso la ternura puede ser un acto de crueldad cuando se sostiene sobre una herida no cicatrizada.


Todo acto de creación es una confesión diferida. Uno no escribe porque sabe, sino porque sangra.
Cuando comencé a esbozar la historia, no buscaba construir un thriller ni una trama que atrapara por la intriga, sino un espacio donde la moral se volviera inestable. Quería un territorio donde cada gesto humano se encontrara con su sombra.
Descubrí pronto que esa sombra no era ajena a mí.
Hay heridas que no pertenecen a una biografía sino a una especie. La violencia, la posesión, la necesidad de redención: todo eso atraviesa la historia del hombre, pero también su historia privada.
Escribir fue, entonces, una forma de diseccionar la herida colectiva a través de la voz íntima de mis personajes. Ellos no sabían amar; aprendían. Pero en su aprendizaje había una forma de expiación, un intento torpe de reconciliar el deseo con la culpa.

No quise escribir sobre el amor como sentimiento, sino como campo de batalla.
Porque amar, en ciertos momentos, no es besar ni salvar; es resistir sin matar lo que se ama.
Y en esa tensión se sostiene la novela: en la frontera donde la vida se vuelve insostenible, pero aún así se elige seguir respirando.


Si me preguntan qué filosofía recorre el libro, diría que ninguna lo explica y todas la atraviesan.
En Cuando la sangre aprende a amar no hay doctrina, sino vértigo.
La obra parte de una premisa antigua: el hombre no se conoce sino cuando ama; pero el amor lo confronta con lo peor de sí.
Escribí desde esa dialéctica —Eros y Thanatos, deseo y muerte— sin buscar un equilibrio.
El amor no redime: desvela.
Y en ese desvelamiento el ser humano queda desnudo ante su abismo.

Me obsesionaba la idea de que todo amor implica una elección moral, incluso cuando esa elección se disfraza de impulso.
En la novela, los personajes se aman no porque deban hacerlo, sino porque no pueden evitarlo.
Pero ese amor, lejos de salvarlos, los lleva a reconocerse culpables, vulnerables, humanos.
Ahí reside su verdad: en la fragilidad, en la incapacidad de dominar la propia sombra.

Hay una cita que me acompañó durante la escritura: “La sangre recuerda lo que la mente niega.”
Quizás por eso escribí la novela en ese tono febril y lúcido, donde cada palabra busca no tanto explicar como recordar.


Toda historia que explora la oscuridad corre el riesgo de ser devorada por ella.
Tuve que adentrarme con cautela.

Quería que la psicología de los personajes no fuera un catálogo de patologías, sino un espejo del alma humana en su estado límite.
No me interesaba la descripción del trauma, sino la forma en que el trauma reorganiza el deseo.
Por eso los personajes aman con la violencia de quien ha sobrevivido: no esperan la calma, buscan la fusión, la absolución o la aniquilación.

Durante la escritura comprendí que el amor, en sus formas más extremas, no se distingue del miedo.  Ambos nos obligan a entregar el control, a exponernos.
Por eso el libro tiene una tensión constante, un ritmo que late entre el susurro y el grito.
Quería que el lector sintiera que cada frase podía estallar.

No hay redención sin memoria.
Y no hay memoria sin dolor.
Los personajes lo aprenden a su manera: tropezando, mintiendo, buscando en la carne una verdad que el alma no soporta nombrar.
Esa es la esencia de su aprendizaje: comprender que el amor no se enseña, se sobrevive.


Hay quienes creen que la prosa y la poesía son dos caminos distintos. Yo nunca lo he creído.
En esta novela, el lenguaje es tan importante como la trama.
Cada frase debía contener una vibración, una grieta, una música.
El lenguaje fue mi forma de resistir la crudeza del argumento.
Si la historia descendía a la oscuridad, la palabra debía sostener una pequeña llama.

No escribí para provocar morbo ni para describir el horror, sino para observarlo con la lucidez del que no quiere apartar la mirada.
El horror, cuando se nombra con precisión, pierde parte de su poder.
Y la belleza, cuando aparece en medio del dolor, no consuela: revela.
Por eso, incluso en los pasajes más oscuros, busqué un tono lírico.
No para embellecer el sufrimiento, sino para darle una voz humana, respirable.

Creo que la poesía no salva, pero da sentido.
Y mientras escribía Cuando la sangre aprende a amar, sentí que cada párrafo era un intento de reconciliarme con la belleza perdida del mundo.


Hay amores que no nacen del deseo sino de la necesidad de comprender al otro.
En la novela, el amor no es un refugio sino un riesgo.
Los personajes se acercan sabiendo que pueden destruirse, pero también sabiendo que ese acercamiento es su única forma de existir con plenitud.
Quise explorar ese filo donde la ternura y la violencia se confunden.
Allí donde besar y herir se vuelven gestos contiguos.

En ese sentido, la novela es también un ensayo sobre la empatía.
¿Cómo se puede amar a alguien que encarna el daño?
¿Cómo se puede mirar sin juzgar, tocar sin poseer, perdonar sin olvidar?
Esas preguntas me acompañaron durante toda la escritura.
Y descubrí que el amor, en su forma más radical, no es un acto de pureza sino de coraje.

Amar, a veces, es descender con el otro al abismo y no huir.
Aceptar que dentro de cada uno hay una parte que puede destruir y otra que puede curar, y que ambas son inseparables.


No escribí esta novela para enseñar nada.
La escribí para entender algo que no podía decir de otra forma.
Cada capítulo fue una confesión enmascarada, un espejo fragmentado de mi propia relación con la culpa, la pérdida y la ternura.

Hubo momentos en que sentí miedo.  Miedo de lo que el texto revelaba sobre mí, miedo de las zonas donde la moral se vuelve ambigua.

Pero comprendí que el arte no existe para tranquilizarnos, sino para incomodarnos con belleza.

A veces me preguntan si la historia es autobiográfica.
Siempre respondo lo mismo: toda historia lo es, incluso cuando no lo parece.

Porque el escritor no inventa: transforma.
Y cada palabra escrita proviene de algo que fue vivido, sentido o temido.

En esa trastienda silenciosa —entre las madrugadas y las pausas— descubrí que escribir sobre el amor era también escribir sobre la soledad.
Que toda pasión lleva en su centro un hueco, un lugar donde el yo se disuelve.
Y que tal vez el amor no sea más que eso: una forma de recordarnos que no somos completos.


Cada libro tiene su respiración.
El de Cuando la sangre aprende a amar era irregular, febril.
Por momentos escribía con ritmo de staccato: frases cortas, heridas, precisas.
Otras veces, la prosa se volvía lenta, casi hipnótica, como si necesitara detener el pulso para observar la herida abierta.

Ese vaivén entre tensión y reposo era esencial.
Porque el amor mismo late así: un instante de calma, seguido de una tormenta.
No hay armonía sin riesgo, ni ternura sin pérdida.

El lenguaje debía reflejar esa respiración.
Por eso cuidé cada silencio, cada pausa, como si fueran parte del significado.
La novela no busca explicar; busca resonar.
Y quien la lee, más que entenderla, la siente.


Uno de los ejes centrales de la historia es el cuerpo.
El cuerpo como territorio de memoria, de deseo, de redención.
Quería mostrar cómo el cuerpo guarda lo que la mente niega.
Cómo la piel, a veces, recuerda más que la palabra.

La culpa se inscribe en el cuerpo: en los gestos, en las miradas, en el temblor de una mano.
Por eso los personajes no pueden huir de sí mismos.
Cada caricia es una confesión, cada silencio una sentencia.

La sangre —esa metáfora que da título al libro— es, en el fondo, la materia del alma. Cuando la sangre aprende a amar, lo hace porque ha conocido el dolor.
Y en ese aprendizaje hay algo profundamente humano: la posibilidad de transformar el sufrimiento en conciencia.

Creo que amar es una forma de conocimiento.
No el conocimiento racional, sino el que se obtiene al arriesgar el alma.
En la novela, los personajes no aprenden del mundo, aprenden del otro.
El amor se convierte en espejo, en juicio y en revelación.

Cada encuentro amoroso es un laboratorio moral.
Allí donde el placer se mezcla con la culpa, donde el perdón se confunde con la entrega.
Y sin embargo, en medio de esa confusión, emerge una claridad: 

 el amor no es lo opuesto  al mal, es su frontera.

Esa frontera es la que me obsesiona como escritor.
Porque en ella el ser humano se vuelve más nítido, más verdadero.
Nadie ama sin exponerse.
Nadie se salva sin mirar el daño que puede causar.

Al terminar la novela, comprendí que el libro no me pertenecía.
Pertenece a quienes lo lean y reconozcan en sus páginas algo que no sabían que llevaban dentro.
Cada lector reconstruirá la historia a su manera, porque el amor —como la literatura— solo existe cuando alguien lo interpreta.

No busqué ofrecer respuestas, sino preguntas que duelan.
¿Qué parte de nosotros sobrevive después del amor?
¿Y cuál se pierde para siempre?
¿Puede la ternura redimir lo que el dolor ha profanado?

Escribir esta novela fue mi manera de decir que sí, pero no del modo en que quisiéramos.
Porque la redención no borra la herida: la ilumina.
Y en esa luz, a veces tenue, a veces cegadora, comprendí que amar es el acto más peligroso y más necesario que existe.

Cuando la sangre aprende a amar es, en el fondo, un espejo.
Uno en el que me miro y no siempre me reconozco, pero del que no puedo apartar la vista.
Porque allí, entre la oscuridad y la belleza, entre la culpa y el deseo, sigue latiendo lo único que nos hace humanos:
la necesidad de amar, incluso cuando sabemos que ese amor puede destruirnos.



Gabriel Ganiarov


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