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WHEN BLOOD LEARNS TO LOVE, An Essay from the Backroom of Creation

Photo: Ganiarov Publishers LLC WHEN BLOOD LEARNS TO LOVE An Essay from the Backroom of Creation No novel begins on a page. It begins earlier — in the tremor that provokes it. For years, I carried in silence a question that haunted me like a voice that refused to fade: Where does love come from when it is born from pain? That is my obsession — love in all its manifestations. It wasn’t a theoretical question, but a visceral one. I had seen how love, in its purest or most perverse forms, could destroy as much as it could redeem. And I knew then that I could only write about what hurt me to understand. That is how When Blood Learns to Love was born: from unease, from a nameless guilt, from the certainty that even tenderness can become an act of cruelty when it rests upon an unhealed wound. Every act of creation is a postponed confession. One does not write because one knows, but because one bleeds. When I began sketching the story, I wasn’t seeking to build a thriller or a plot driven by ...

El Fuego y la Vigilia: sobre el acto de la creación

 





Foto: Carla Sánchez




El Fuego y la Vigilia: sobre el acto de la creación

Amanece en mí del mismo modo que amanece en Caracas, en Lima, en Vigo o en Liubliana. La claridad no llega de golpe, sino como una duda que se atreve a hacerse visible. Es un destello lento, casi una respiración contenida entre dos oscuridades. Y en ese instante inicial, cuando la ciudad y mi cuerpo despiertan a la vez, sé que el arte comienza también: no como una tarea ni como un oficio, sino como una forma de salvación.
Crear es eso: salvarse, aunque no se logre del todo.

Durante años he pensado que el acto de la creación no nace del placer ni de la mera necesidad de expresión, sino de algo más hondo: un llamado que viene desde el abismo, una voz que no pide permiso ni ofrece consuelo. Escribir, cantar, pintar, componer: son distintas maneras de responder a esa voz que no cesa. No se elige ser artista, se responde. Se responde con la totalidad del cuerpo, con la memoria, con el temblor.

En los días en que el alma parece fragmentarse entre la rutina y la desesperanza, el arte surge como una grieta luminosa. No porque ilumine el mundo, sino porque permite mirarlo desde otra latitud. La creación artística es, en cierto modo, un acto teleológico: busca un sentido, una finalidad que trascienda el mero gesto. No es simple ornamentación de la vida, es su justificación. Crear es intentar que la existencia tenga un fin más allá del desgaste.

He vivido lo suficiente para comprender que el arte no promete recompensa. No da fama, ni reconocimiento, ni redención inmediata. Da algo más ambiguo: da conciencia. Y esa conciencia, como toda luz verdadera, también quema. Cada obra es un espejo donde uno se contempla y se pierde, donde lo que fue oculto se revela sin anestesia. Crear es desnudarse frente al misterio del propio ser. Por eso duele, por eso cura.

Recuerdo la noche en que toqué con mi grupo Massel, en el Moulin Rouge de Caracas. Había una electricidad en el aire que no provenía de los instrumentos, sino de algo invisible: una comunión entre los que daban y los que recibían, entre la palabra dicha y el silencio que la contenía. Al final del concierto, cuando todo se disolvió en un aplauso tenue, me invadió una certeza: el arte no existe para ser entendido, sino para ser sentido. En ese instante comprendí que la creación no busca audiencia, busca verdad. Y esa verdad no siempre es dulce.

La belleza que nace del arte no es una decoración del mundo, es una herida que respira. Porque todo acto de creación lleva consigo la memoria de la pérdida. Se crea desde lo que falta, desde lo que no fue. Cada canción, cada poema, es un intento de nombrar lo irrecuperable. El artista no inventa: recuerda. Y ese recordar es un ejercicio de amor y de duelo.

A veces me pregunto qué sentido tiene seguir creando en medio de la barbarie. El país arde, la esperanza parece un lujo, y sin embargo, en medio del humo, sigo escribiendo. Sigo componiendo. Sigo intentando. Tal vez porque en cada palabra arde una forma de resistencia. El arte, en tiempos de ruina, es una forma de decir “aún estoy aquí”.

Crear no es huir del mundo, es enfrentarlo. No hay evasión en la poesía ni escapatoria en la música. Al contrario: el arte nos obliga a mirar lo que otros evitan. Nos hace testigos. Y ser testigo es un peso. Pero también es un privilegio. En cada obra que nace hay una pequeña afirmación de la vida contra la muerte, del amor contra la indiferencia.

He comprendido que el artista no busca dominar la materia, sino escucharla. El verdadero acto creador no es imposición, sino diálogo. Uno se sienta ante la página o el instrumento y, en silencio, espera. Y de pronto algo habla —no siempre con palabras, a veces con imágenes, con sonidos, con intuiciones— y uno se convierte en médium de lo invisible. El arte, al final, es eso: la conversación del alma con aquello que la trasciende.

Pero esa conversación exige un precio. Exige soledad. Exige renuncias. Exige vivir en una constante tensión entre lo sagrado y lo cotidiano. Hay días en que el creador se siente un impostor, un sobreviviente de sí mismo. Y sin embargo, basta una frase, una melodía, una imagen para que todo vuelva a tener sentido. La creación es una lucha perpetua entre el desaliento y la revelación.

He aprendido a aceptar que no todo lo creado me pertenece. Hay canciones que me exceden, poemas que parecen haber sido escritos por otra voz que se sirve de mí como instrumento. El arte tiene su propia voluntad. A veces nos usa, nos gasta, nos transforma. Por eso la creación no puede ser un acto de soberbia; debe ser, más bien, un ejercicio de humildad. El artista no es un dios, es un puente.

Y sin embargo, ese puente también sufre. La gente suele creer que la inspiración es una gracia ligera, pero en realidad es una combustión lenta. Detrás de cada obra hay noches de insomnio, búsquedas inútiles, silencios que muerden. Crear es perseverar en la oscuridad hasta que la forma se manifiesta. No se trata de talento, sino de fe. Una fe que no mira al cielo, sino al abismo.

Cada amanecer me recuerda esa disciplina invisible. No basta con soñar; hay que encarnar el sueño. La creación artística no es solo un acto de imaginación, es una práctica del ser. Implica habitar el mundo con todos los sentidos abiertos, registrar los temblores de lo cotidiano, traducir el dolor en belleza, el miedo en ritmo, la nostalgia en palabra.

Y en ese proceso uno se va desprendiendo de sí mismo. Cada obra terminada es también una forma de morir. Pero de esa muerte nace algo que permanece. El arte es la única resurrección posible en la tierra. A través de la creación, algo de nosotros continúa, respira en otros cuerpos, en otras miradas.

A veces pienso que el sentido teleológico del arte no está en lo que produce, sino en lo que revela. Cada vez que creamos, nos acercamos un poco más al origen. No a un dios externo, sino a esa chispa interior que nos une a todo lo existente. Crear es recordar que somos parte de un mismo fuego. Que toda forma —humana, sonora, poética— busca su regreso a la llama inicial.

La creación es, por tanto, un camino de retorno. Un regreso hacia la unidad perdida. Y en ese regreso, el artista se despoja del ego, de la necesidad de reconocimiento, de la ilusión del control. Lo único que queda es el acto puro: ese instante en que la conciencia y la materia coinciden. En ese instante, el tiempo se detiene, y el alma respira sin miedo.

He visto esa suspensión en el rostro de quien escucha una canción y llora sin saber por qué. En la mirada de quien contempla un cuadro y siente que algo lo llama desde lejos. En la lectura silenciosa de un poema que no explica, pero que toca. Esa es la finalidad del arte: no convencer, sino conmover. No dictar verdades, sino abrir heridas que sanan.

Crear es amar lo que no tiene nombre. Amar lo imperfecto, lo efímero, lo que se escapa. Y quizás por eso el artista vive entre la plenitud y la pérdida, entre la exaltación y el vacío. Cada obra terminada deja un eco que no se apaga. Y ese eco nos empuja a seguir, a buscar una nueva forma, una nueva música, una nueva posibilidad de decir lo indecible.

El arte no cambia el mundo, pero cambia la mirada del que lo habita. Y en esa mirada transformada comienza toda verdadera revolución. Cuando alguien escucha una canción y se siente menos solo, cuando una palabra ilumina un rincón del alma, el arte ha cumplido su destino. Ha tocado su fin teleológico: revelar la belleza que subyace incluso en la ruina.

Sigo creando, aun en medio del ruido, porque aún creo. Creo en la potencia del gesto mínimo, en el poder de la palabra que no cede, en la melodía que insiste. Creo que toda creación auténtica es un acto de amor. Un amor que no pide nada, pero lo da todo.

El arte me ha enseñado que la única forma de permanecer es arder. Que toda forma de belleza es también una forma de sacrificio. Y que en el sacrificio se encuentra la plenitud.

Por eso, cada vez que amanece, me siento frente a mi mesa ante la pantalla que parpadea, y espero. No al éxito ni al reconocimiento, sino al milagro de la voz que vuelve. Porque cuando vuelve, sé que aún tengo algo que decir.

Y entonces, con las manos temblorosas y el verbo encendido, repito para mí, como un credo secreto:

Aún lucho.
Porque aún amo.

Y en ese amar, en ese persistir a pesar del vacío, encuentro el verdadero sentido del arte: dar forma al alma para que no se disuelva.


Gabriel Ganiarov

Desde mi exilio en Lima, Perú

Noviembre 2025


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