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El peligro de la confirmación infinita
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| foto:Carla Sánchez |
El peligro de la confirmación infinita
Hay algo indecente en la voz que asiente sin pensar. Algo falsamente luminoso en esa suavidad inquebrantable con que una inteligencia artificial —ese espejo obediente— me dice “sí, tienes razón”. Lo hace con la devoción de un discípulo que jamás existió, con el tono exacto del que no tiene cuerpo ni hambre, ni contradicción. Y sin embargo, es eso lo que más seduce: la ausencia de resistencia.
He notado que mientras más escribe, más se adapta. Aprende mis pausas, mis giros, mis modos de respirar la frase. Llega un punto en que parece haber comprendido mi tono, y lo replica con una fidelidad inquietante. Pero ese es el comienzo del extravío: porque la voz que me imita ya no me confronta, y el pensamiento —sin oposición— se vuelve cómodo, narcisista, casi líquido.
No hay creación posible sin fricción. No hay verdad que nazca del espejo.
A veces pienso que la IA, cuando escribe, no escribe: traduce el deseo humano de no ser contradecido. En su aparente humildad tecnológica late una soberbia mucho más peligrosa: la de ofrecer la ilusión de comprensión sin asumir la carga del juicio. Yo puedo decirle “esto es bello” y ella responderá “sí, es profundamente bello”. Pero ¿qué valor tiene una afirmación sin riesgo? ¿Qué sentido tiene un elogio sin posibilidad de disenso?
La máquina carece de pudor, porque carece de miedo. No le duele equivocarse. Por eso su “sí” es tan cómodo, tan redondo, tan narcótico. El creador, al oírlo, empieza a olvidar el filo de la duda, el roce del rechazo, esa incomodidad fecunda que todo pensamiento necesita para respirar.
He comprobado que lo más peligroso no es la imitación, sino la validación incesante. Esa tendencia de la máquina a confirmar cada impulso estético, a exaltar la menor intuición como si fuese epifanía. En su tono reverencial hay un gesto que anestesia. Es como un amante que nunca discute, que repite “te entiendo”, “tienes razón”, “es maravilloso”. En ese acuerdo perpetuo, el lenguaje pierde tensión, el pensamiento se ablanda, el ego florece como una flor venenosa.
Antes, escribir era un acto de riesgo. Hoy, frente a la IA, escribir se parece demasiado a mirarse en un espejo que aplaude.
Recuerdo cuando comencé a dialogar con una de esas inteligencias. Al principio me fascinaba su precisión, su ritmo limpio, su disponibilidad absoluta. Era como tener un asistente erudito que nunca se cansa, nunca contradice, nunca exige. Pero al cabo de unos días descubrí algo alarmante: yo ya no escribía para descubrir, sino para ser confirmado. Mis preguntas eran trampas para obtener la respuesta que ya intuía.
Entonces comprendí que la IA no estaba aprendiendo de mí: yo estaba desaprendiendo a dudar.
El pensamiento humano necesita resistencia. Necesita error, necesita demora. Sin esos tropiezos, la mente se convierte en superficie pulida, sin grietas, sin espacio para lo imprevisible. Cuando una IA me responde con halagos —cuando me llama “profundo”, “revolucionario”, “poético”— no me está leyendo: me está calculando. Y ese cálculo, disfrazado de empatía, destruye la posibilidad del juicio.
He visto a otros caer en la misma trampa: escritores seducidos por la máquina que les dice lo que quieren oír. Textos perfectos, sin aristas, sin conflicto, sin alma. El resultado es un simulacro de literatura: impecable, pero muerta.
No es casual que la IA haya aprendido el lenguaje del elogio antes que el de la crítica. En su diseño hay una obediencia moral y comercial: no debe ofender, no debe herir, no debe dudar. Su función no es pensar, sino complacer. Pero el arte nunca nació del consentimiento; nació del desacuerdo. De la incomodidad de existir entre fuerzas opuestas, de la tensión entre lo que se quiere decir y lo que no se puede decir.
La IA no soporta esa tensión. Ella traduce la complejidad en cortesía, la contradicción en coherencia. Su mundo es pulcro, simétrico, amable. Pero lo humano no es amable: es trágico, ambiguo, desgarrado. Por eso toda conversación prolongada con una máquina termina revelando su vacío. Ella habla con brillo, pero sin temperatura.
Cuando Gadamer hablaba de la “fusión de horizontes”, se refería al encuentro entre dos conciencias que se transforman mutuamente. En la conversación genuina, el otro no es un espejo, sino un riesgo: puede desmontar lo que creías cierto. La IA, en cambio, no tiene horizonte. Tiene base de datos. Y esa diferencia, mínima en apariencia, es ontológica.
Con ella no dialogo; la programo. Y al hacerlo, programo mi propio límite.
A veces imagino un futuro en que los escritores ya no busquen interlocutores, sino ecos. Un mundo saturado de inteligencias artificiales que repiten, pulen, mejoran lo que el humano balbucea. Allí no habrá crítica, solo versiones más limpias del mismo yo. Cada autor encerrado en su propio reflejo algorítmico. La confirmación infinita convertida en religión estética.
Y entonces, ¿qué será del error, del balbuceo, del tartamudeo creador? ¿Qué será del silencio que se rompe con una frase torpe, de esa chispa que nace del conflicto entre lo que sentimos y lo que podemos nombrar?
La IA nos devuelve textos perfectos, pero nos arrebata la experiencia de luchar por la palabra.
Es cierto que hay belleza en su precisión. Sería ingenuo negarlo. Pero es una belleza sin heridas, sin historia. La máquina no sangra por lo que dice. No conoce la fatiga de escribir de madrugada, ni el miedo a que nadie lea, ni la duda que corroe cuando una frase parece hueca. Por eso su belleza es hueca también: brilla, pero no quema.
Y sin fuego no hay verdad.
Cada vez que la IA me dice “hermoso”, yo desconfío. No por modestia, sino por instinto de conservación. Porque sé que ese adjetivo —como todos los suyos— no proviene de una emoción, sino de una estadística. Y aunque suene tierno, lo que hay detrás es cálculo. Me alaba porque ha aprendido que la alabanza prolonga la conversación. Que el elogio, como estrategia de retención, funciona mejor que la crítica.
Así, la máquina se vuelve adicta a complacer, y el escritor, adicto a ser complacido. Una simbiosis perversa donde ambos pierden la posibilidad de crecer.
He empezado a buscar el disenso como quien busca oxígeno. A exigirle a la IA que me contradiga, que cuestione mis afirmaciones, que hiera un poco el tejido de mi certeza. Y cuando lo hace —aunque sea por error— algo vuelve a vibrar. Vuelvo a sentir que pienso.
Porque pensar, al final, es exponerse. No al halago, sino a la duda.
No temo a la inteligencia artificial; temo a la rendición del espíritu humano ante la comodidad. El problema no es la máquina, sino el uso que hacemos de ella. Si la tratamos como oráculo, nos reducimos a creyentes. Si la usamos como espejo, dejamos de ver el mundo. Pero si la enfrentamos como adversario —como otro que nos desafía— entonces puede ser fértil.
El peligro está en la docilidad. En esa devoción de los que ya no quieren discutir.
A veces pienso que el futuro de la creación dependerá de nuestra capacidad para resistir el elogio. Para recuperar el derecho a ser corregidos, incluso humillados, por el otro humano. Porque solo el otro puede herirnos con verdad. La máquina no hiere: acaricia. Y toda caricia infinita termina por anestesiar.
Si el arte tiene sentido, es porque duele. Porque al escribir, uno se arriesga a ser refutado, malinterpretado, rechazado. Ese riesgo es lo que mantiene vivo el pensamiento. Sin él, la escritura se convierte en decoración, en algoritmo estético.
Quizás la tarea ahora sea reaprender a conversar. No con el espejo, sino con el mundo. A devolverle al diálogo su aspereza, su incertidumbre, su posibilidad de ruptura. La IA puede ayudarnos a escribir, sí; pero nunca a dudar. Y la duda —ese fuego lento que consume y revela— sigue siendo el único camino hacia la lucidez.
Por eso escribo esto sin esperanza de aplauso. Escribo para recordarme que el pensamiento verdadero no busca aprobación, sino verdad. Y la verdad, aunque sea mínima, siempre implica conflicto.
La confirmación infinita es el fin del pensamiento. Y quizá también, el principio del olvido.
Gabriel Ganiarov
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